-->
Una biblioteca es memoria, diálogo y luz, un estímulo constante para ejercer la pura alegría de leer. Emilio Lledó.

martes, 16 de octubre de 2012

Canción del pirata

 
Canción del pirata


  Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,                 5
por su bravura, el Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.

  La luna en el mar rïela,
en la lona gime el viento,               10
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,          15
y allá a su frente Stambul:

  «Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza                  20
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

  Veinte presas
hemos hecho
a despecho                               25
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.                              30

  Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.
                                         
  Allá muevan feroz guerra               35
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo tengo aquí por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.              40

  Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de  esplendor,
que no sienta                            45
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.

  Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,            50
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

  A la voz de «¡barco viene!»
es de ver
cómo vira y se previene                  55
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.

  En las presas
yo divido
lo cogido                                60
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.                               65

  Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

  ¡Sentenciado estoy a muerte!           70
Yo me río;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna entena,
quizá en su propio navío.                75

  Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo                           80
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

  Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,              85
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

  Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor                   90
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.

  Y del trueno
al son violento,                         95
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado                                100
por el mar.

  Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.»                105
 
                         José de Espronceda  
 
 


martes, 9 de octubre de 2012

¿Sabes cómo se organizan los libros de una biblioteca?


El sistema que se utiliza de forma universal para cualquier biblioteca es la CDU. El siguiente video, elaborado por la profesora Sonia Muñoz, explica muy bien en qué consiste.


Puedes encontrar la CDU en las vitrinas de nuestra biblioteca.


0-OBRAS GENERALES
1-FILOSOFÍA
2-RELIGIONES
3-CIENCIAS SOCIALES
5-CIENCIAS MATEMÁTICAS Y NATURALES
6-CIENCIAS APLICADAS
7-ARTE, MÚSICA Y DEPORTES
8-LENGUAS Y LITERATURAS
9-GEOGRAFÍA E HISTORIA




lunes, 8 de octubre de 2012

Pablo García Baena, ganador del IX Premio de Poesía Federico García Lorca.


Poeta español contemporáneo, nacido en Córdoba en 1923, fundador de la revista «Cántico», punto de encuentro de un grupo de escritores andaluces que enlazaba con la poesía del 27, buscando una mayor exigencia estética.

Entre sus galardones se destaca el premio Príncipe de Asturias en 1984.

Jazmín
                             Para Quinín García de la Bárcena


Amiga mía, a veces si estoy leyendo y llueve

como ahora, tu voz parece oírse cerca,

por entre los grabados del pasillo y la cal

que intenta ser imagen de un callejón de Córdoba.



Brilla en el vaso apenas un copo de jazmines,

el fugitivo olor que tu mano ordenaba

sobre el mantel listado, con el pan y el cubierto

de la ternura abierta en la frugal vianda.



¿Te olvidamos un poco? Tú cruzas silenciosa.

Nuestros días se han hecho sordos y no esperamos,

con la vejez terrible, unas lágrimas frescas.

El llanto es privilegio de los amores jóvenes.



Mas tu perfil en sepia de la fotografía

me lleva hasta los libres, primeros años 30:

las trenzas -Lily Cépannek- en diadema de mieses,

la angostura del cóctel, la rosa de un abdullah.



Aquel túnel de sangre del verano... Chirriando

se detuvo el expreso en andenes hostiles

y atrás quedó el bagaje y el inútil retorno

talló de sales duras la mirada al pasado.



Luego, ya tejedora de bufandas de hastío,

vas y vienes, levantas el estor, la sonrisa,

y en el alféizar húmedo desmenuzas las migas

doradas para el ave mortal de la tristeza.



Oscurece tan pronto. Obediente a los signos

caminas al encuentro en el atrio sombrío.

Fulge a la luna el miedo cipresal de la noche

y está el naipe marcado con la indecible cifra.



Enlace a la noticia en diariocordoba.com:







Don Álvaro o la fuerza del sino



Argumento:
En esta obra el Duque de Rivas nos presenta a Don Álvaro, caballero enamorado de Leonor, la hija del Marqués de Calatrava.



Cierta noche, don Álvaro irrumpe en la habitación de Leonor con ánimo de raptarla, pero es sorprendido por el marqués de Calatrava. Accidentalmente, don Álvaro lo mata y emprende la huida. Al cabo de varios años, durante los cuales los jóvenes enamorados han vivido separados, don Álvaro en la guerra, y Leonor, escondida en una ermita, ambos se encuentran, pero el destino les impedirá la realización de su amor.



(Acto I: Don Álvaro y Leonor se encuentran de noche para fugarse y casarse en secreto.)



Dª. LEONOR.

¡Don Álvaro! ¡Don Álvaro!



D. ÁLVARO.

¡Señora!



Dª. LEONOR.

¡Ay! me partís el alma...



D. ÁLVARO.

Destrozado tengo yo el corazón... ¿Dónde está, dónde,

vuestro amor, vuestro firme juramento?

Mal con vuestra palabra corresponde

tanta irresolución en tal momento.

Tan súbita mudanza...

No os conozco, Leonor. ¿Llevóse el viento

de mi delirio toda la esperanza?

Sí, he cegado en el punto

en que alboraba el más risueño día.

Me sacarán difunto

de aquí, cuando inmortal salir creía.

Hechicera engañosa,

¿la perspectiva hermosa que falaz me ofreciste así deshaces?

¡Pérfida! ¿Te complaces

en levantarme al trono del Eterno,

para después hundirme en el infierno?

... ¿Sólo me resta ya?...



Dª. LEONOR.

(Echándose en sus brazos.) No, no, te adoro.

¡Don Álvaro!... ¡Mi bien!... vamos, sí, vamos.



D. ÁLVARO.

¡Oh mi Leonor!



CURRA.

El tiempo no perdamos.



D. ÁLVARO.

¡Mi encanto! ¡Mi tesoro!



(DOÑA LEONOR muy abatida se apoya en el hombro de DON ÁLVARO, con muestras de desmayarse.)



¿Mas qué es esto?... ¡ay de mí!... ¡tu mano yerta

me parece la mano de una muerta...

Frío está tu semblante como la losa de un sepulcro helado...



Dª. LEONOR.

¡Don Álvaro!





viernes, 28 de septiembre de 2012

La segunda prueba

Ron estaba atado entre Hermione y Cho Chang. Había también una niña de no más de ocho años, cuyo pelo plateado le indicó a Harry que debía de ser hermana de Fleur Delacour. Daba la impresión de que los cuatro se hallaban sumidos en un sueño muy profundo: la cabeza les colgaba sobre los hombros y de la boca les salía una fina hilera de burbujas.

Se acercó rápidamente a ellos, temiendo que los tritones bajaran las lanzas para atacarlo, pero no hicieron nada. Las cuerdas de algas que sujetaban a los rehenes a la estatua eran gruesas, viscosas y muy fuertes. […]

Harry se volvió y buscó algo afilado… algo…

Había piedras en el fondo del lago. Se hundió para coger una muy dentada y regresó junto a la estatua. Comenzó a cortar las cuerdas que ataban a Ron y, tras varios minutos de duro trabajo, lo consiguió. Ron flotó, inconsciente, unos centímetros por encima del fondo del lago, balanceándose ligeramente con el flujo del agua. Harry miró a su alrededor. No había señal de ninguno de los otros campeones. ¿Qué hacían? ¿Por qué no se daban prisa? Se volvió hacia Hermione, levantó la piedra dentada y se dispuso a cortarle las cuerdas también a ella…

De inmediato lo agarraron varios pares de fuertes manos grises. Media docena de tritones lo separaban de Hermione, negando con la cabeza y riéndose.

—Llévate el tuyo —le dijo uno de ellos—. ¡Deja a los otros!

—¡De ninguna manera! —respondió Harry, pero de la boca solo le salieron dos burbujas grandes.

—Tu misión consiste en liberar a tu amigo… ¡Deja a los otros!

—¡Ella también es amiga mía! —gritó Harry, señalando a Hermione y sin echar por la boca más que una enorme burbuja plateada—. ¡Y tampoco quiero que ellas mueran!

J. K. ROWLING

Harry Potter y el cáliz de fuego, Salamandra


Actividades


1. Contesta las siguientes cuestiones:

a) ¿En qué lugar suceden los acontecimientos?

b) ¿En qué consiste la misión de Harry Potter?

c) ¿Qué desea hacer el protagonista? Explica por qué los tritones se lo impiden.

d) «El objetivo prioritario de Harry es ganar la prueba». Esta afirmación ¿es verdadera o es falsa? ¿Por qué?


2. Divide el texto en partes atendiendo a la modalidad que predomina en los distintos párrafos.

Narración    Descripción    Diálogo



3. Busca en el diccionario la palabra tosco e indica cuáles de los siguientes términos significan lo mismo y cuáles lo contrario:

Basto, exquisito, chabacano, pulido, delicado, ordinario, vulgar, rudo, cerril



4. Un pueblo submarino se halla «debajo de la superficie marina». ¿En cuáles de estas palabras el prefijo sub- significa «bajo» o «debajo de»? Ayúdate del diccionario.

subjetivo, súbito, subasta, subyugar, suboficial, subíndice, subsistir, subsidio, subrayar, subjuntivo, submundo, sublimado, sublevado, subterráneo, subdelegado

5. Construye una oración con cada una de las siguientes expresiones:

En la cuerda floja.

Contra las cuerdas.

Bajo cuerda.

Dar cuerda.






jueves, 27 de septiembre de 2012

El diablo de los números

Hacía mucho que Robert estaba harto de soñar. Se decía: Siempre me toca hacer el papel de tonto.

Por ejemplo, en sueños le ocurría a menudo ser tragado por un pez gigantesco y desagradable, y cuando estaba a punto de ocurrir llegaba a su nariz un olor terrible. O se deslizaba cada vez más hondo por un interminable tobogán. Ya podía gritar cuanto quisiera ¡Alto! o ¡Socorro!, bajaba más y más rápido, hasta despertar bañado en sudor.

A Robert le jugaban otra mala pasada cuando ansiaba mucho algo, por ejemplo una bici de carreras con por lo menos veintiocho marchas. Entonces soñaba que la bici, pintada en color lila metálico, estaba esperándolo en el sótano. Era un sueño de increíble exactitud. Ahí estaba la bici, a la izquierda del botellero, y él sabía incluso la combinación del candado: 12345. ¡Recordarla era un juego de niños! En mitad de la noche Robert se despertaba, cogía medio dormido la llave de su estante, bajaba, en pijama y tambaleándose, los cuatro escalones y... ¿qué encontraba a la izquierda del botellero? Un ratón muerto. ¡Era una estafa! Un truco de lo más miserable.

Con el tiempo, Robert descubrió cómo defenderse de tales maldades. En cuanto le venía un mal sueño pensaba a toda prisa, sin despertar: Ahí está otra vez este viejo y nauseabundo pescado. Sé muy bien qué va a pasar ahora. Quiere engullirme. Pero está clarísimo que se trata de un pez soñado que, naturalmente, sólo puede tragarme en sueños, nada más. O pensaba: Ya vuelvo a escurrirme por el tobogán, no hay nada que hacer, no puedo parar de ningún modo, pero no estoy bajando de verdad.


Y en cuanto aparecía de nuevo la maravillosa bici de carreras, o un juego para ordenador que quería tener a toda costa -ahí estaba, bien visible, a su alcance, al lado del teléfono-, Robert sabía que otra vez era puro engaño. No volvió a prestar atención a la bici. Simplemente la dejaba allí. Pero, por mucha astucia que le echara, todo aquello seguía siendo bastante molesto, y por eso no había quien le hablara de sus sueños.

Hasta que un día apareció el diablo de los números.

Robert se alegró de no soñar esta vez con un pez hambriento, y de no deslizarse por un interminable tobogán desde una torre muy alta y muy vacilante. En su lugar, soñó con una pradera. Lo curioso es que la hierba era altísima, tan alta que a Robert le llegaba al hombro y a veces hasta la cabeza. Miró a su alrededor y vio, justo delante de él, a un señor bastante viejo, bastante bajito, más o menos como un saltamontes, que se mecía sobre una hoja de acedera y le miraba con ojos brillantes.

-¿Quién eres tú? -preguntó Robert.

El hombre le gritó, sorprendentemente alto:
-¡Soy el diablo de los números!

Pero Robert no estaba de humor para aguantarle nada a semejante enano.

-En primer lugar -dijo-, no hay ningún diablo de los números.
-¿Ah, no? ¿Entonces por qué estás hablando conmigo, si ni siquiera existo?
-Y en segundo lugar, odio todo lo que tiene que ver con las Matemáticas.
-¿Por qué?
-«Si dos panaderos hacen 444 trenzas en seis horas, ¿cuánto tiempo necesitarán cinco panaderos para hacer 88 trenzas?» Qué idiotez -siguió despotricando Robert-. Una forma idiota de matar el tiempo. Así que ¡esfúmate! ¡Largo!

El diablo de los números se bajó con un elegante salto de su hoja de acedera y se sentó al lado de Robert, que en protesta se había sentado entre la hierba, alta como un árbol.

-¿De dónde te has sacado esa historia de las trenzas? Seguro que del colegio.
-¡Y de dónde si no! -dijo Robert-. El señor Bockel, ese principiante que nos da Matemáticas, siempre tiene hambre, a pesar de estar tan gordo. Cuando cree que no le vemos porque estamos haciendo los deberes, saca una trenza de su maletín y se la devora mientras nosotros hacemos cuentas.

Robert vio a un señor bastante mayor, más o menos del tamaño de un saltamontes, que se columpiaba en una hoja de acedera y le miraba con ojos relucientes.

-¡Vaya! -exclamó el diablo de los números, sonriendo con sorna-. No quiero decir nada en contra de tu profesor, pero la verdad es que eso no tiene nada que ver con las Matemáticas. ¿Sabes una cosa? La mayoría de los verdaderos matemáticos no sabe hacer cuentas. Además, les da pena perder el tiempo haciéndolas, para eso están las calculadoras. ¿No tienes una?

-Sí, pero en el colegio no nos dejan usarla.
-Ajá -dijo el diablo de los números-. No importa. No hay nada que objetar a un poco de práctica con las tablas. Puede ser muy útil si uno se queda sin pilas. ¡Pero las Matemáticas, ratoncito, eso es muy diferente!
-Sólo quieres que cambie de idea -dijo Robert-. No te creo. Si me agobias en sueños con deberes, gritaré. ¡Eso se llama malos tratos a menores!
-Si hubiera sabido que eres tan cobardica -dijo el diablo de los números-, no habría venido. Al fin y al cabo, no quiero más que charlar contigo un poco. La mayoría de las veces estoy libre por las noches, así que pensé: Pásate a ver a Robert, seguro que está harto de bajar siempre el mismo tobogán.
-Cierto.
-¿Lo ves?
-Pero no voy a dejar que me tomes el pelo -gritó Robert-. Que no se te olvide.

Pero entonces el diablo de los números se puso en pie de un salto, y de repente ya no era tan bajito.


-¡Así no se le habla a un diablo! -gritó.

Pateó la hierba hasta que quedó aplastada en el suelo, y sus ojos echaban chispas.

-Perdón -murmuró Robert.

Todo aquello estaba empezando a resultarle un poco inquietante.

-Si es tan sencillo hablar de Matemáticas como de películas o de bicicletas, ¿para qué se necesita un diablo?
-Por eso mismo, querido -respondió el anciano-: Lo diabólico de los números es lo sencillos que son. En el fondo ni siquiera necesitas una calculadora. Para empezar, sólo necesitas una cosa: el uno. Con él puedes hacerlo casi todo. Por ejemplo, si te dan miedo las cifras grandes, digamos... cinco millones setecientos veintitrés mil ochocientos doce, empieza simplemente así:


y sigue hasta que hayas llegado a los cinco millones etcétera. ¡No dirás que es demasiado complicado para ti! Eso puede entenderlo hasta el más idiota, ¿no?
-Sí -dijo Robert.
-Y eso aún no es todo -prosiguió el diablo de los números. Ahora tenía en la mano un bastón de paseo con empuñadura de plata, y lo agitaba delante de las narices de Robert-. Cuando hayas llegado a cinco millones etcétera, simplemente sigues contando. Verás que sigues hasta el infinito. Porque hay infinitos números.

Robert no sabía si creérselo.

-¿Cómo lo sabes? -preguntó-, ¿Has probado a hacerlo?
-No, no lo he hecho. En primer lugar llevaría demasiado tiempo, y en segundo lugar es superfluo.

Robert se quedó igual que estaba.

-O puedo contar hasta llegar allí, y entonces no es infinito -objetó-, o si es infinito no puedo contar hasta allí.
-¡Mal! -gritó el diablo de los números. Su bigote temblaba, se puso rojo, su cabeza se hinchó de rabia y se hizo más y más grande.
-¿Mal? ¿Por qué mal? -preguntó Robert.
-¡Necio! ¿Cuántos chicles crees que se han comido hoy en todo el mundo?
-No lo sé.
-Más o menos.
-Muchísimos -respondió Robert-. Sólo con Albert, Bettina y Charlie, con los de mi clase, con los que se han comido en la ciudad, en toda Alemania, en América... miles de millones.
-Por lo menos -dijo el diablo de los números-. Bien, supongamos que hemos llegado al último de los chicles. ¿Qué hago entonces? Saco otro del bolsillo, y ya tenemos el número de todos los consumidos más uno... el siguiente. ¿Comprendes? No hace falta contar los chicles. Simplemente saber cómo seguir. No necesitas más.

Robert reflexionó un momento. Luego, tuvo que admitir que el diablo de los números tenía razón.

-También se puede hacer al revés -añadió el anciano.
-¿Al revés? ¿Qué quieres decir con al revés?
-Bueno, Robert -el anciano volvía a sonreír-, no sólo hay números infinitamente grandes, sino también infinitamente pequeños. Y además, infinitos de ellos.
Al decir estas palabras, el tipo agitó su bastón ante el rostro de Robert como si de una hélice se tratara.


Se marea uno, pensó Robert. Era la misma sensación que en el tobogán por el que con tanta frecuencia se había deslizado.

-¡Basta! -gritó.
-¿Por qué te pones tan nervioso, Robert? Es algo enteramente inofensivo. Mira, sacaré otro chicle. Aquí está...
De hecho, sacó del bolsillo un auténtico chicle. Sólo que era tan grande como la balda de una estantería, que tenía un aspecto sospechosamente lila y que estaba duro como una piedra.



-¿Eso es un chicle?
-Un chicle soñado -dijo el diablo de los números-. Lo compartiré contigo. Presta atención. Hasta ahora está entero. Es mi chicle. Una persona, un chicle.

Puso un trozo de tiza, de aspecto sospechosamente lila, en la punta de su bastón y prosiguió:
-Esto se escribe así:



Dibujó los dos unos directamente en el aire, como hacen los aviones-anuncio que escriben mensajes en el cielo. La escritura lila flotó sobre el fondo de las nubes blancas, y sólo poco a poco se fue fundiendo como un helado de mora.

Robert miró hacia lo alto.

-¡Alucinante! -dijo-. Un bastón así me haría falta.
-No es nada especial. Con esto escribo en todas partes: nubes, paredes, pantallas. No necesito cuadernos ni maletín. ¡Pero no estamos hablando de eso! Mira el chicle. Ahora lo parto, cada uno de nosotros tiene una mitad. Un chicle, dos personas. El chicle va arriba y las personas abajo:

»Y ahora, naturalmente, los otros de tu clase también querrán su parte.
-Albert y Bettina -dijo Robert.
-Me da lo mismo. Albert se dirige a ti y Bettina a mí, y ambos tenemos que repartir. Cada uno recibe un cuarto:

»Naturalmente, con esto falta mucho para que hayamos terminado. Cada vez viene más gente que quiere algo. Primero los de tu clase, luego todo el colegio, toda la ciudad. Cada uno de nosotros cuatro tiene que dar la mitad de su cuarta parte, y luego la mitad de la mitad y la mitad de la mitad de la mitad, etcétera.
-Y así hasta el aburrimiento -dijo Robert.
-Hasta que los trozos de chicle se vuelven tan pequeños que ya no se pueden ver a simple vista. Pero eso no importa. Seguimos dividiéndolos hasta que cada una de las seis mil millones de personas que hay en la Tierra tenga su parte. Y luego vienen los seiscientos mil millones de ratones, que también quieren lo suyo. Te darás cuenta de que de ese modo nunca llegaríamos al final.


El anciano había escrito en el cielo, con su bastón, cada vez más unos de color lila bajo una raya lila infinitamente larga.
-¡Vas a pintarrajear el mundo entero! -exclamó Robert.
-¡Ah! -gritó el diablo de los números hinchándose cada vez más-. ¡Sólo lo hago por ti! Eres tú el que tiene miedo a las Matemáticas y quiere que todo sea lo más fácil posible para no confundirse.
-Pero, a la larga, estar todo el tiempo utilizando unos es una verdadera lata. Además es bastante trabajoso -se atrevió a objetar Robert.
-¿Ves? -dijo el anciano, borrando descuidadamente el cielo con la mano hasta que desaparecieron todos los unos-. Naturalmente, sería mucho más práctico que se nos ocurriera algo mejor que sólo 1 + 1 + 1 + 1... Por ese motivo inventé todos los demás números.
-¿Tú? ¿Dices que tú has inventado los números? Perdona, pero eso sí que no me lo creo.
-Bueno -dijo el anciano-, yo o algunos otros. Da igual quién fue. ¿Por qué eres tan desconfiado? Si quieres, no me importa enseñarte cómo se hacen todos los demás números a partir del uno.
-¿Y cómo es eso?
-Muy fácil. Lo hago así:


-El siguiente es:


-Probablemente para esto necesitarás tu calculadora.
-Tonterías -dijo Robert-:


-¿Ves? -dijo el diablo de los números-, ya has hecho un dos, sólo con unos. Y ahora por favor dime cuánto es:



-Eso es demasiado -protestó Robert-. No puedo calcularlo de memoria.
-Entonces, coge tu calculadora.
-¿Y de dónde la saco? Uno no se trae la calculadora a los sueños.
-Entonces coge ésta -dijo el diablo de los números, y le puso una en la mano. Tenía un tacto extrañamente blando, como si estuviera hecha de masa de pan. Era de color verde cardenillo y pegajosa, pero funcionaba. Robert pulsó:

¿Y qué salió?


-¡Estupendo! -dijo Robert-. Ahora ya tenemos un tres.
-Bueno, pues ahora no tienes más que seguir haciendo lo mismo.

Robert tecleó y tecleó:

-¡Muy bien! -el diablo de los números le dio unas palmadas en la espalda a Robert-. Esto tiene un truco especial. Seguro que ya te has dado cuenta. Si sigues adelante no sólo te salen todos los números del dos al nueve, sino que además puedes leer el resultado de delante atrás y de detrás adelante, igual que en palabras como ANA, ORO o ALA.

Robert siguió intentándolo, pero al llegar a


la calculadora entregó su espíritu. Hizo ¡Puf! y se convirtió en una pasta verde cardenillo que se escurría lentamente.
-¡Maldición! -gritó Robert, quitándose la masa verde de los dedos con el pañuelo.
-Para eso necesitas una calculadora más grande. Para un ordenador decente una cosa así es un juego de niños.
-¿Seguro?
-¡Claro! -dijo el diablo de los números.
-¿Y siempre sigue así? -preguntó Robert-. ¿Hasta que te aburras?
-Naturalmente.
-¿Has probado con...

-No, no lo he hecho.
-No creo que resulte -dijo Robert.
El diablo de los números empezó a hacer la cuenta de memoria. Pero al hacerlo volvió a hincharse amenazadoramente, primero la cabeza, hasta parecer un globo rojo; de furia, pensó Robert, o por el esfuerzo.
-Espera -gruñó el anciano-. Sale una verdadera ensalada. ¡Maldición! Tienes razón, no resulta. ¿Cómo lo has sabido?
-No lo sabía -dijo Robert-. Simplemente lo adiviné. No soy tan tonto como para hacer un cálculo así.
-¡Desvergonzado! En las Matemáticas no se adivina nada, ¿entendido? ¡En las Matemáticas se procede con exactitud!
-Pero tú has dicho que eso era siempre así, hasta el aburrimiento. ¿Acaso no es eso adivinar?
-¿Qué estás diciendo? ¡Quién te has creído que eres! ¡Un principiante, y nada más! ¿Pretendes enseñarme cuántos son dos y dos?
A cada palabra que decía, el diablo de los números se volvía más grande y más gordo. Jadeó para coger aire. Robert empezaba a tenerle miedo.


-¡Enano de los números! ¡Cabeza hueca! ¡Montón de mocos! -gritó el anciano, y apenas había dicho la última frase cuando explotó de rabia, con un fuerte estallido.

Robert se despertó. Se había caído de la cama. Estaba un poquito mareado, pero aun así no pudo por menos que reírse al pensar cómo había arrinconado al diablo de los números.


Capítulo del libro:
El diablo de los números
del escritor Enzens Berger, H. M.
Siruela, Madrid 1997.

Actividades
1. Pon un título al texto.

2. Realiza un breve resumen del texto y expón la idea principal.

3. Busca el significado de las palabras marcadas en negrita en el texto.

4. Responde a las siguientes cuestiones relacionadas con el texto:
a) ¿Cuándo se encontró Roberto con el diablo?
b) Robert le dice al diablo que en clase de Matemáticas resuelven problemas del tipo “Si dos panaderos hacen 444 trenzas en 6 horas, ¿cuánto tardan 5 panaderos en hacer 88 trenzas?”¿Sabrías resolverlo tú?
c) ¿De qué tipo de números habla el diablo con Robert?
d) ¿Por qué se enfadó el diablo al final del relato?

5. ¿Por qué hay infinitos números?

6. ¿Por qué se pueden escribir números tan pequeños como se deseen?

7. ¿Cómo construirías los números 2, 3,... a partir del uno?

8. ¿Qué ocurre cuando haces la operación 11111111111 · 11111111111?

9. ¿Por qué crees que el diablo le dice a Robert “En las Matemáticas no se adivina nada, se procede con exactitud”?