-->
Una biblioteca es memoria, diálogo y luz, un estímulo constante para ejercer la pura alegría de leer. Emilio Lledó.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Las siete hijas de Apolo

    Siete figuras aparecieron cerca de mí. Todas vestidas de bellas sedas; sus gestos eran ritmos, y sus aspectos armoniosos encantaban.


     Al hablar, sus lenguajes eran música. […]


     Y adelantándose la primera, me dijo: «Yo soy Do. Para ascender al trono de mi madre, la sublime reina, hay siete escalones de oro purísimo. Yo estoy en el primero».


     Otra me dijo: «Mi nombre es Re. Yo estoy en el segundo escalón del trono. Mi estatura es mayor que la de mi hermana Do. Pero la irradiación de nuestros cabellos es la misma».


    Otra me dijo: «Mi nombre es Mi. Tengo un par de alas de paloma, y revuelo sobre mis compañeras, desgranando un raudal de trinos de oro». […]


      La última estaba silenciosa, y yo le dije: «¡Oh! Tú, que estás colocada en lo más alto de los escalones de tu madre la Lira: eres buena, eres bella, eres fascinadora; deberás tener entonces un nombre suave como una promesa, fino como un trono, claro como un cristal:

      Y ella contestó sonriente: «Sí».

Rubén DARÍO
Cuentos y prosa, Aguilar

Actividades

1. ¿Quiénes son los personajes de este cuento?

2. Explica cuál es el tema de este fragmento de Rubén Darío.

3. ¿Los personajes y los hechos narrados en el texto son de ficción o, por el contrario, son reales? Justifica tu respuesta.

4. Indica si son verdaderas (V) o falsas (F) las siguientes afirmaciones.

       El texto de Rubén Darío posee una finalidad práctica.

       La finalidad del texto es dictar una ley sobre la música.

       La finalidad del texto es informar sobre el origen de la música.

       La finalidad del texto es proporcionar placer estético al lector.

5. Repasa tus respuestas a las actividades anteriores y completa:

       El texto de Rubén Darío es literario porque…………………

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Los Diez magníficos

–Abuelo, abuelo, ¿me acompañas a comprar leche?

–Filo cogió con ímpetu a su abuelo por una manga de la bata. Se le estaba deshaciendo ya en la boca la chocolatina que su madre le había prometido como premio.

–¿Cómo? ¿Qué? ¿A mirar los peces? –preguntó el abuelo sin comprender, y, poniéndose la chaqueta a toda prisa, refunfuñó–: Pero si los peces están en el salón, ¿por qué me sacas de casa?

–¡Leche, abuelo, leche, no peces! ¡Venga, vamos!–gritó alegre Filo, mientras lo empujaba hacia el ascensor sin demasiados cumplidos.

–¡Leche, de acuerdo, leche, ya lo he oído, que no soy sordo! –aclaró el abuelo, abrochándose la chaqueta.

Profesor de matemáticas jubilado desde hace años, el abuelo es un poco duro de oído, ya os habréis dado cuenta. Él sostiene que ese «leve déficit auditivo» es consecuencia de los 4.800 alumnos que a lo largo de 40 años de docencia le han gritado a pleno pulmón con la mano levantada: «Profesor, no lo entiendo, ¿me lo explica otra vez?».

Cada vez que el abuelo habla de sus 4.800 alumnos a lo largo de 40 años, el corazón se le hincha de emoción, se pone las gafas y pregunta a quemarropa: «4.800 alumnos a lo largo de 40 años: ¿cuántos alumnos son en un año?».

Sí, es más fuerte que él: le resulta imposible dejarse de preguntas. El tiempo se detuvo para el abuelo aquel horrible día en que pasó a «situación de jubilado», obligado a dejar la enseñanza «por haber alcanzado el límite de edad establecido». Pero el mundo de la enseñanza se le ha quedado dentro, allí, en el fondo de su corazón, y no es capaz de sentirse otra cosa que profesor. Así, ocurre que nosotros, su familia, hemos tenido que ponernos en lugar de sus alumnos. A veces, sin embargo, no le bastamos como clase y acaba por tomarla hasta con los extraños. Recuerdo que un día, entrando en una panadería repleta de gente vociferante, se llevó el dedo índice a los labios y, severo, ordenó: «Shhh..., ¡guardad silencio!».

Todo el mundo se volvió a mirarnos; yo quería que me tragara la tierra, porque me esperaba lo que vendría a continuación: «¡Y cada uno a su sitio!».

A los de su familia, las dos órdenes nos llegan siempre juntas.

Filo es Filippo, mi hermanito de ocho años, delgadito delgadito, con dos incisivos de hámster y las manos permanentemente manchadas de rotulador y ceras. El abuelo le ha apodado «señor Luegomelavo», a causa de sus imploraciones cuando mamá y papá le persiguen con el intento de meterlo en la ducha: «Luego-me-lavo, luego-me-lavo, luego-me-lavo...». Sin embargo, sin la acción simultánea de nuestros padres, ese luego tendría cierto sabor a eternidad: el lavado no llegaría nunca.

Mi abuelo y mi hermano se llevan muy bien; a menudo se encierran en la cocina y se afanan juntos en los hornillos, creando obras maestras para la vista y el paladar. El abuelo, que ha vivido la guerra y sabe lo que es el hambre, sostiene que la cocina es el mejor sitio de la casa. Nosotros, entre un ruido de loza y otro, les oímos parlotear por los codos.

Además de querer hacer de Filo un gran chef, el abuelo aspira a convertirlo en un genio matemático. Conmigo renunció desde que preferí el arte a la ciencia; con todo, no pierde ocasión para intentar interesarme. En cuanto puede, no deja de susurrar, inspirado: «Recuerda, querida, ¡también las matemáticas son un arte!».

La mañana de la leche, precisamente, en cuanto volvieron de la lechería, ambos se parapetaron en la cocina a desayunar. Oí a mi hermano hablar de un tipo que había pagado a la lechera sólo con monedas de 100 y 200 liras*. Le explicaba al abuelo que aquel tipo, que se llamaba Mohamed, obtenía las monedas de los automovilistas a quienes limpiaba el parabrisas en el semáforo cerca del colegio.

–Abuelo, ¿tú sabes de dónde viene? Habla en un idioma extraño... y ¿por qué todos los que son como él son pobres? –preguntó Filo preocupado.

El abuelo, que como buen profesor no se arredra ante ninguna pregunta, empezó:
–El país exacto de origen de Mohamed no sabría decírtelo, pero no cabe duda de que es árabe. En cuanto a la pobreza de todos los árabes, los que vienen aquí sin duda son pobres y, lo que se dice pobres, en su país hay muchos.

Ante la expresión acongojada de Filo, el abuelo se apresuró a añadir:
–Pero no siempre fue así, créeme, ¡hubo un tiempo en que el mundo árabe era más rico y civilizado que el nuestro! –Y soltó un profundo suspiro.

En ese momento, incluso sin verlo, yo sabía que el abuelo había asumido ese aire inspirado que lo obliga a interrumpir cualquier cosa que tenga entre manos, aunque sea un estimulante almuerzo: hele ahí, profesor de nuevo. Cerré los ojos y sonreí, aguardando. No tuve que esperar más de tres segundos antes de que el abuelo pronunciara la frase que da la señal de salida a sus mágicos relatos, parábolas con las que trata de conducir a su pequeño discípulo por los senderos luminosos del saber científico:
–Pues debes saber que... –Y, en efecto, no me decepcionó–: ¡Pues debes saber que fueron precisamente los árabes quienes nos enseñaron los números con los que cada día contamos y resolvemos los problemas! Antes de este descubrimiento, aquí en Europa se usaban los números romanos, que hacen que todas las operaciones resulten más complicadas. –Se aclaró la voz, tal vez en busca de algún ejemplo iluminador–: ¡Como si tú y yo, para cocinar, usáramos el fuego de una hoguera en vez de los hornillos de gas! Pero ahora quiero contarte con todo detalle cómo fueron las cosas.

En aquel momento, estaba segura de que también Filo se había quedado absorto, olvidándose casi del desayuno y abriendo la boca en los momentos más interesantes de la historia, como suele hacer siempre que interrumpe la comunicación con el resto del mundo para adentrarse en esos luminosos aunque escarpados senderos.

En realidad, el abuelo siempre enseñó a estudiantes de los cursos superiores, por lo que a veces no consigue calibrar bien las clases con Filo, quien a su edad tiene ya bastante con la tabla de multiplicar. Sin embargo, mi hermano sigue mirándolo fijamente, arrebatado, absorbiéndolo todo como una esponja; así pues, el maestro sigue adelante con sus relatos, convencido de que su joven discípulo, en el fondo, le entiende. «¡Lo que de verdad importa lo comprende!», me repite a menudo el abuelo; y creo que tiene razón.

–Debes saber que los números que te ha enseñado la maestra Grazia, 0, 1, 2, 3... 10, 11..., se llaman números naturales y fueron inventados en la India. Antes de que los inventaran, había otros sistemas para indicar una cierta cantidad de objetos, por ejemplo, el sistema de los romanos, pero, como ya te he dicho, era un sistema bastante mediocre en comparación.

»En el año 772, algunos embajadores de la India llevaron como obsequio al califa de Bagdad, capital del imperio árabe, unas tablas de cálculos astronómicos hechas con el nuevo sistema de numeración. El califa, que era un listillo, comprendió de inmediato su importancia y puso a sueldo a excelentes matemáticos para que difundieran el nuevo sistema en su imperio. El mejor de todos ellos, un tipo de nombre Mohamed Al Juwarizmí, se apresuró a publicar un tratado, en el que explicaba el método indio para escribir los números y realizar cálculos. El tratado tuvo un éxito enorme entre los mercaderes, siempre dispuestos a adoptar cualquier novedad que mejorara sus transacciones. Y fueron precisamente los mercaderes quienes, viajando de un extremo al otro del Mediterráneo, difundieron el nuevo método –explicó el abuelo con satisfacción, y concluyó enfático–: ¡Pero quien mayores beneficios obtuvo de esos números indios fue precisamente Al Juwarizmí!

–¿Por qué? ¿Es que su libro era muy caro? –preguntó Filo, curioso.

–No, él ganó algo más importante que el dinero: ¡gracias a aquel tratado se ganó la inmortalidad!

Filo tragó dos veces, y con un hilo de voz preguntó:
–¿Quieres decir que se volvió inmortal... como Supermán?

–Bueno, ¡estamos hablando de otro tipo de inmortalidad! –aclaró el abuelo, intuyendo que se había dejado arrastrar por el énfasis didáctico. Así que precisó–: Ahora te lo explico... Veamos..., esto es lo que viene al caso: ¡el libro de recetas de mamá! –De la balda de enfrente de la nevera cogió el libro, lo abrió por la receta del chocolate caliente y continuó–: ¿Te acuerdas del procedimiento para preparar tu bebida preferida? Pues bien, para realizar una operación también necesitamos una receta que nos explique cómo se hace. Las recetas de las cuatro operaciones que te ha enseñado Grazia se las había revelado a los árabes precisamente Al Juwarizmí en su famoso tratado. Es como cuando mamá, hablando con sus amigas, dice que ha usado el Arguiñano para la ensalada de pasta (dado que es Arguiñano el autor de las recetas), pues así, quien usaba la receta para la división o para otra operación decía que había usado el Al Juwarizmí.

»Este nombre, a fuerza de ir de boca en boca, especialmente entre los extranjeros, se transformó primero en alguarismo y más tarde en algoritmo, y acabó por convertirse en una palabra del diccionario, que significa más o menos procedimiento riguroso. ¡Y por eso el célebre antepasado de ese pobre limpiacristales sigue viviendo en nuestro lenguaje cotidiano!


* Las cantidades y las operaciones matemáticas se han mantenido en liras, la moneda italiana anterior al euro. Un euro corresponde a 1.936,27 liras italianas.



Capítulo del libro:
Los Diez magníficos
de la escritora Anna Cerasoli
Maeva, 2004.

Actividades
1. Pon un título al texto.

2. Realiza un breve resumen del texto y expón la idea principal.

3. Busca el significado de las palabras marcadas en negrita en el texto.

4. Responde a las siguientes cuestiones relacionadas con el texto:
a) Responde a la pregunta del abuelo: ¿cuántos alumnos son en un año?
b) ¿Qué dos órdenes del abuelo llegan siempre juntas a su familia?
c) Las monedas que usó Mohamed para pagar a la lechera qué valor tienen en euros.
d) ¿Quienes nos enseñaron los números con los que hoy en día contamos? ¿Cómo se llaman esos números?
e) Explica el origen de la palabra algoritmo.
f) ¿Alguna vez el mundo árabe fue más rico y civilizado que el nuestro?
g) ¿Qué números se usaban en Europa en el año 772?

5. Investiga a qué se llama mundo árabe.

6. Busca el significado del término al-Ándalus y qué relación tuvo con el mundo árabe.

7. Describe los sistemas de numeración romano y arábigo. Señala sus diferencias.



El Palacio de las Cien Puertas


Disminuyes rápidamente de tamaño. Las paredes del Palacio se regeneran con la misma rapidez. Vuelves a estar en una sala oscura. Vuelves a ser Alicia, pero solo por un momento.

Sales de ella con suavidad, como una mano sale de un guante de seda. La niña, cuya figura emite un tenue resplandor, te mira y te sonríe.
—Gracias por tu ayuda —te dice.

Se da la vuelta y se va. Desaparece en la oscuridad.

Durante unos segundos, la oscuridad, el silencio y la soledad son totales. Luego oyes una voz a tus espaldas.
—Es una buena chica —dice el enano pelirrojo, el bibliotecario.

Te das la vuelta y lo ves a tu lado, a la débil luz que emana del libro que lleva bajo el brazo.
—Me refiero a Alicia —prosigue el enano—. Es una buena chica, aunque un tanto caprichosa y engreída, como habrás notado. Como muchos niños y niñas de familia acomodada, está acostumbrada a obtener todo lo que quiere. Por eso acaba de librar esta batalla simbólica contra el Rey Negro, que representa los regalos, lo que se obtiene sin esfuerzo. Mientras que el Sombrerero Loco, que hacía las veces de rey blanco, representa el trabajo diligente, lo que se obtiene mediante el propio esfuerzo... La gran batalla entre tener y ser. Hoy día mucha gente quiere tener más y más cosas, y cree que en eso consiste la felicidad.

Pero lo importante es lo que somos, no lo que tenemos. O sea, lo que tenemos dentro, no lo que tenemos fuera.

El enano pelirrojo te da el libro luminoso. Lo coges. En su cubierta pone El Palacio de las Cien Puertas. Es este libro, el mismo libro que estás leyendo en el Mundo Tangible.
—Enhorabuena —te dice sonriendo—. Has llegado hasta el final de tu peripecia, y has conseguido el tesoro. Y el tesoro que hay en este Palacio, es decir, en este libro, son las palabras que contiene, evidentemente. Ahora son tuyas, porque tú también las contienes: al leerlas las has metido dentro de ti. Pero el valor de un tesoro depende, sobre todo, de lo que hagamos con él, del uso que le demos. Reflexiona sobre lo que aquí has visto, sobre lo que aquí has leído. Eso es lo importante: lo que tú pienses a partir de todas estas palabras que has hecho tuyas.

El libro que tienes en las manos (el del Mundo Sutil, idéntico a este que estás leyendo en el Mundo Tangible) va perdiendo su brillo poco a poco.
—¿Pensabas que ibas a llevarte toda la biblioteca del Palacio de las Cien Puertas? —prosigue el enano—. Bueno, pues en cierto modo así es. No puedes llevarte los libros físicamente (nuestra «física» es bastante distinta de la vuestra, como habrás observado), pero te llevas el concepto. Has averiguado los títulos de algunos libros-puerta, y esos te llevarán a otros, si quieres. Conseguir libros es muy fácil en el Mundo Tangible. Y esos libros te mantendrán en contacto con el Mundo Sutil. Podrás volver aquí siempre que quieras. Los libros son espejos de papel en los que nos vemos a nosotros mismos, y, como Alicia, podemos pasar al otro lado del espejo. Tú ahora mismo estás al otro lado, aunque a punto de regresar a tu mundo. La puerta ya está lista.

Miras a tu alrededor, pero no ves ninguna puerta. Solo oscuridad. El enano chasquea los dedos y aparece un rectángulo de papel ligeramente iluminado. Tiene el tamaño de una puerta, pero es la página de un libro llena de grandes letras negras.


Capítulo del libro:
El Palacio de las Cien Puertas
del escritor Carlo Frabetti
SM, Madrid, 2005.

Actividades
1. Pon un título al texto.

2. Realiza un breve resumen del texto y expón la idea principal.

3. Busca el significado de las palabras marcadas en negrita en el texto.

4. Responde a las siguientes cuestiones relacionadas con el texto:
a) El personaje Alicia es el protagonista de un famoso cuento, ¿de qué cuento?
b) Haz un resumen de un folio del cuento del anterior apartado (búscalo en Internet o en la biblioteca, también puedes visionar alguna adaptación cinematográfica existente).
c) ¿Qué tesoro se han llevado del Palacio?

5. ¿Cuál es la reflexión que pretende hacer el autor sobre el Tener y el Ser? ¿Qué personaje representa a cada una de estas ideas en el libro?

6. Transcribe el texto de la última imagen.

7. Después de leer El Palacio de las Cien Puertas, tu mente está mucho más preparada para enfrentarse a cualquier reto. ¡Demuéstralo en estos desafíos!
a) En un cajón hay 8 guantes blancos y 8 guantes negros. ¿Cuántos guantes deberás sacar para asegurarte un par del mismo color?
b) ¿Cuál es el día más largo de la semana?
c) Uno entre veinte es igual a diecinueve. Piensa «a lo romano» y sabrás que Barbagrís no miente.
d) En un campo hay 3 montones de paja, y en el campo de al lado, 2 montones más. Si el granjero amontona todos, ¿cuántos montones tendrá?






lunes, 24 de septiembre de 2012

¡Ojalá no hubiera números!


Arturo es un chiquillo como tú. Por la mañana va al colegio y luego come macarrones y luego vuelve a la escuela y así muchos días, como tú y como tu amiga. Por la tarde, si hay deberes, estudia un poquito y después a divertirse, […].

Hay niños y niñas a los que les encanta jugar al fútbol; a Pedro le chifla ver dibujos animados; Marisa disfruta pintando con su caja de colores; Ruth y Nacho se pasan todo el día hablando de fantasmas y de casas encantadas con ruidos de miedo; Paloma siempre está pensativa... como en la Luna, y si la tocas por la espalda, da un respingo. ¿Y a Arturo?

A Arturo le gusta leer. Cuentos con dibujos, historias de niños traviesos, aventuras con cocodrilos y una serpiente venenosa, poesías y tebeos, libros grandes y pequeños... todos... todo... si algo tiene letras, Arturo se lo lee. Sus amigos le llaman Arturo Comelibros y entonces Arturo se pone a reír y ¡hala!, la epidemia, todos a troncharse.

Una tarde, cuando Arturo llegó a casa, antes de jugar con los amigos, tenía deberes que hacer. Le tocaba Matemáticas, o sea, mates, como dicen todos sus compañeros.

Arturo no entendía muy bien lo de los números, áreas y ecuaciones, y aunque era la asignatura que peor se le daba, no dejaba de estudiarla.

Su madre siempre le decía «tú estudia, hijo, verás como así acabarás por comprender las Matemáticas» y Arturo la miraba con cara pesimista mientras pensaba que «es imposible que yo entienda todo este lío de números».

Además, Arturo no se llevaba demasiado bien con Lucas, su profesor de Matemáticas; éste le repetía una y otra vez: «Con las buenas notas que sacas en el resto de asignaturas, no sé como te cuestan tanto las Matemáticas. Eres un poco vaguillo».

Bueno, había dicho que Arturo se disponía a hacer sus deberes. Era una operación combinada con números enteros muy larga, y si no me creéis, aquí está la operación:

(−1) ⋅ (−2) − [3 ⋅ (4+5) + 6 : (7 − 8)] + 9 ⋅ (−10)

¿Qué?, ¿es larga o no es larga?

Arturo sacó su lápiz del estuche, miró si tenía punta y puso cara de científico pensativo mientras razonaba de esta manera, hablando entre susurros:
– A ver, primero tengo que operar los paréntesis. Pero también hay un corchete así que voy a empezar por ahí. Además dentro del corchete hay otros dos paréntesis más. Ya está, 4+5=9 y 7−8=1 , ¡no!, si tengo siete y le quito ocho son −1 , ¡agh!

Se confundió y se enfandó. Arturo murmuró:
– ¡Ojalá no hubiera números! - Lanzó el lápiz sobre la hoja, borró lo que había escrito y ya se disponía a volver a comenzar... pero eso ya no nos interesa.

Cuando Arturo exclamó «¡ojalá no hubiera números!», lo hizo en voz baja, pero aunque él creía que nadie le podía oír, estaba muy confundido: siempre hay alguien escuchando y entonces pueden ocurrir muchas cosas, ¡hay que tener cuidado con lo que se dice!

«¡Ojalá no hubiera números!» fue la frase fatídica que se le escapó.

¿Y sabéis quién oyó esa exclamación? ¡Qué malísima suerte! Fue el rey de las Matemáticas quien escuchó ese insulto a los números. Y esa tarde el rey estaba muy enfadado porque había visto cosas terribles: en un examen, un niño puso que un triángulo tenía cuatro lados; un señor con bigote buscaba una calculadora para dividir doce entre cuatro; Sara escribió que un kilómetro era igual a diez metros; escuchó a veintinueve niños que dijeron que odiaban las Matemáticas.

Y esa tarde, Pitágoras V, que así se llamaba el rey de las Matemáticas, tomó la determinación más importante de su vida, y además fue Arturo el culpable de todo.

En un lugar que nadie conoce, Pitágoras V reunió a todos sus ministros y ayudantes, y éstos sabían que algo grave había ocurrido porque el rey daba tantos gritos que hasta las circunferencias se asustaron.

Alrededor de la gran mesa pentagonal se sentó un grupo de extraños personajes con aspecto de haber salido de un libro de Matemáticas. Además no paraban de moverse, como si les hubiera picado una avispa: uno con forma de rectángulo se convertía en trapecio y luego en rombo; una bisectriz se transformó en mediatriz; un quince se volvió un cincuenta y uno; y así con todos.

Tenían unos nombres un poco raros; Pitágoras V presidía, y luego estaban Numerón, Rectol, Multiplicón, Diámetra y Radia, Negativorio, Triangulín, Ángula, Rombín, Diagonol, Decimalina y otros muchos más, así hasta llegar a veinticinco, ¡claro!, cinco en cada lado de la mesa.

Pitágoras V se levantó y habló despacito, alto y claro:
-Os he convocado para comunicaros una decisión muy importante que quiero tomar. Hace ya algún tiempo que en la Tierra están atacando a las Matemáticas, ¿qué os voy a contar que no sepáis?...

Adaptación del texto:
¡Ojalá no hubiera números!
del escritor Esteban Serrano Marugán
Nivola, Madrid, 2002.

Actividades
1. Pon un título al texto.

2. Realiza un breve resumen del texto y expón la idea principal.

3. Busca el significado de las palabras marcadas en negrita en el texto.

4. Responde a las siguientes cuestiones relacionadas con el texto:
a) Sigue la historia, ¿qué decisión crees que tomará Pitágoras V?
b) Inventa un final para esta lectura, con una extensión aproximada de una hoja.
c) ¿Imaginas un mundo sin números? ¿Cómo sería?

5. Escribe cinco acciones de la vida cotidiana que necesitan de los números.

6. Describe a tu familia y tus características de edad, pesa y altura sin pronunciar ni un solo número.

7. Si no hubiera números, ¿crees que habría que inventarlos? Si no, ¿qué podríamos hacer?

8. Investiga el grafismo de los números y desde cuando tienen el actual.


jueves, 16 de junio de 2011

Campaña de convivencia en el Centro

Los muchachos de 4º de prensa escolar han elaborado algunos carteles para una campaña de convivencia en el centro. Echadles un vistazo.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Exposición de portadas de libros


Con motivo de la celebración del Día del Libro, los alumnos han creado sus propias portadas de libros, inspiradas en sus lecturas, en películas o simplemente recién salidas de su imaginación. Ya podéis disfrutar de la exposición en los pasillos del centro.

martes, 1 de marzo de 2011

Ganadora del Concurso de San Valentín

Aquí tenéis el poema ganador del concurso de san Valentín, obra de la compañera MARINA MUÑOZ CAÑADA, de 1º A. Muy romántico, la verdad.


TÚ, Y SÓLO TÚ

Tú, y sólo tú,
mi amor,
eres único.

Eres genial,
eres especial, esencial
y espectacular.
Tú, y sólo tú.

Mi amor,
eres irreemplazable,
eres emocionante.
Tú, y sólo tú.

Eres el sol que me ilumina
cada mañana al despertar.

Cada vez que sonríes
mi corazón sonríe contigo.

Cada vez que lloras,
yo lloro contigo.

Tú, y sólo tú,
mi amor,
eres único.

Eres el primer amor de mi vida,
no puedo dejar de amarte,
ni dejaré jamás.

Tú, y sólo tú,
mi amor,
eres único.

Sin ti no existiría la alegría
y mucho menos...
EL AMOR.

El amor es algo que yo descubrí contigo
la primera vez que te vi.

Tú, y sólo tú, mi amor.
Eres mi vida, mi corazón,
mi sonrisa y mi ilusión.

Te lo diré en dos palabras:
¡TE QUIERO!